Vega de Granada.








Esta es mi tierra, donde nací, donde crecí, donde aprendí a amar las cosas bellas, donde las tardes al aire libre acunaron mi infancia, donde bañado por el sol del incipiente crepúsculo, comprendí sin ser consciente, hace ya mucho, que nos rodea algo mágico, algo que la fotografía solo acierta a susurrar, un torrente de sensaciones que acarician todos los sentidos. Esta es mi tierra. Mi vega.

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Al final del camino me encontré con el recuerdo de tiempos pasados, nostalgia, olor a tarde, una tez sonrojada, todo lo que mi alma fue capaz de absorber como una esponja, y un caluroso abrazo de las personas que compartieron todo conmigo.

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Recuerdo una de mis tardes de fotografía, en las que viví algo realmente especial, una sensación de estar en comunión con la naturaleza, de que hay algo superior a lo que todos pertenecemos, de que existe un diálogo que a todos nos es afín. Ese día, por unos momentos, dejé ir mi yo terrenal, mi mal educado ego y muchos otros lastres que me acompañan en el día a día.

Sentí que lo que estaba presenciando era lo real y quise que durara siempre.

En este atardecer, todo lo que me rodeaba posó complaciente ante mi objetivo y con un maternal abrazo desplegó toda su belleza a cada golpe de obturador. Esa tarde comprendí lo que otros artistas quisieron hace siglos transmitir con sus pinceles: Luz, sentimiento, naturaleza.

Con esta imagen quiero regalaros ese sentimiento en este año que termina y desearos un Feliz 2014.

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Con esta imagen comienza una serie de fotografías en la que emprenderemos un itinerario cuántico a través de los paisajes que conforman la vega granadina: sus caminos, sus campos, sus cruces de caminos... en definitiva parajes con una carga de romanticismo que se transforman con la luz del crepúsculo y nos muestran su cara más misteriosa